Número #18
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De la divinidad vertical que va del cielo a la tierra, a la humanidad horizontal que caminó por el mundo. Dios se hizo símbolo en dos líneas cruzadas que cambiaron la historia.
Todos los expertos, gurús y listillos de turno del marketing y el diseño, con todas sus palabrejas técnicas, sus recetas mágicas para el éxito jamás pondrán de ejemplo que el mayor triunfo simbólico se hizo con dos líneas, que recordaban a un madero donde colgaron a un hombre. Es el símbolo por antonomasia.
Una tortura romana, despreciable, que asustaba al mundo antiguo, se convirtió en la esperanza de los hombres. Dioses que resucitaban hubo muchos; dioses que regresaban de entre los muertos, que caminaban por la tierra, que adquirían forma corpórea y dioses que sanaban, curaban, levitaban, caminaban sobre el agua o mandaban diluvios. De esos hubo muchísimos. ¿Saben lo que no hubo jamás hasta hace casi dos mil años? Un Dios que se dejase morir para salvar a los hombres. La Cruz es el símbolo más importante de la historia, porque cuenta la más bella historia, única y definitiva.
En Sevilla la contamos en cada rincón pero andamos siempre en detalles, nos señalan la luna y miramos al dedo. Pasamos de refilón, corriendo, a bandazos, casi empujando las cruces de guía que en siete días recorren las calles como torrentes de agua, como ríos rápidos y caudalosos de encapuchados nazarenos que van detrás de esas dos líneas cruzadas. Imposible ser neutral cuando la cruz se pone en movimiento, que ya decía Manolo Centeno aquello de «Silencio, pueblo cristiano».
Nosotros no somos tanto de callar, pero sí de ponernos tras la cruz, ¿dónde va a estar un nazareno si no? Y más que querer crucificar a nadie con tantos lamentos y quejas de nuestra fiesta, queremos salvarnos. Que ya habrá tiempo para convertirnos como Longinos y volver a mirar las calles repletas de cruces en siete días y exclamar… verdaderamente esta es la ciudad de Dios.
Hay existencias