Número #26
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La cita del Domingo de Ramos no tiene necesidad de ser defendida, no necesita abogado ni community manager. Se abre sola, como se abren las puertas de los templos, convirtiendo el murmullo en expectación. Es el día de la luz total, cuando inauguramos la maravillosa esquizofrenia que es nuestra Semana Santa. Es el momento del estreno: los niños estrenan su primer canasto, los nazarenos su túnica planchada con obsesión casi litúrgica y todos nosotros esa mezcla de nervios y vanidad que nos identifica. Porque el Domingo de Ramos es radicalmente bello. Y aun así, cada año ha de superar algún examen público: que si hay demasiadas hermandades, que si la carrera oficial es injusta, que se ha perdido la esencia o que ahora todo es un espectáculo. Curioso, el día que abre la Semana más esperada, abrimos también la temporada oficial de la crítica.
Somos cofrades de procesión y de tertulia. Capaces de medir un tiempo al milímetro o un repertorio al segundo, pero incapaces de admitir que la grandeza del día no depende de nuestro veredicto. Porque este día camina entre el estreno de la ilusión y el juicio sumarísimo. Entre la ovación y el comentario ácido. Y, pese a todo, avanza. Avanza con esa luz limpia que convierte cualquier esquina en postal y cada chicotá en recuerdo imborrable.
El Domingo de Ramos es exceso, sí. Exceso de público, de ilusión, de ganas contenidas. Pero también es equilibrio. Es la frontera exacta entre la espera y la realidad. El momento en que dejamos de hablar de lo que vendrá para empezar a vivir lo que es. Quizá el problema no sea que la Semana Santa cambie; quizá es que no soportamos que sea hermosa sin pedirnos permiso o que siga emocionando aunque no responda a nuestros esquemas de pureza.
Este pórtico no necesita unanimidad, necesita verdad. Y la verdad es que, cuando la primera cruz de guía asoma y el barrio se calla antes del aplauso, todo encaja.
Hay existencias