#16
11/03/2024
La portada
Jaime Rodríguez
El sevillano sabe identificarse con sus imágenes, lo lleva haciendo siglos. Se identifica con el Nazareno que carga su cruz cada día. La Cruz de llegar a fin de mes, de la ansiedad, la depresión, la larga enfermedad, de la soledad. Se identifica con ese Cristo Cautivo, cautivo del desamor, del sufrimiento, del acoso, de la violencia, de la pobreza, del odio, del rechazo…
Los Cristos sevillanos sangran tanto como el de la Humildad y Paciencia, se retuercen como el del Museo, se despojan como en Molviedro, se resignan como el Panadero, lloran como el de la ventana, se callan como el de San Juan de la Palma o piden explicaciones, en sus particulares huertos de olivos, gritando al cielo, cuando no comprenden cómo les ha tocado esto.
Sevilla está llena de Cristos, más de una semana, todo un año, son invisibles, no van acompañados de plumas, de cornetas, de cirios en alto, de flores o de vendedores de globos, aunque a veces les gustaría escapar como uno de ellos desapareciendo en lo más alto.
A los Cristos sevillanos, a los del día a día, les da igual un cartel, no se ofenden por la desnudez, ellos caminan desnudos por las calles sin que nadie los mire ni monte una manifestación para salvarlos.
Y a su lado, junto a esos Cristos sevillanos, siempre hay sosteniéndolos una madre que llora.
Muchos mueren sin ser salvados y, en su Campana, nunca les tocaran Réquiem.
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En esta ocasión dedicamos nuestro número a la Muerte. Pero ¿qué es la muerte? Para un cristiano es el paso de una vida a otra, de la terrenal a la celestial, tan solo un tránsito a la vida definitiva. ¿Será eso lo que piensan los miles de nazarenos que salen en nuestras cofradías? Esperemos que sí, al igual que tenemos la esperanza de que nuestras cofradías no mueran de éxito, porque es exactamente el camino que parece que están cogiendo. Es cierto que todos nos hemos tambaleado alguna vez pensando en la muerte, esa sacudida que nos pone todo en duda, a pesar de seguir rezando a nuestros titulares. Así que será mejor recordar el título del himno a los caídos por España, La muerte no es el final, que por cierto, pocos saben que era una canción de Cesáreo Gabaráin Azurmendi, un sacerdote español que la compuso tras el fallecimiento del organista de su parroquia cuando tan solo tenía diecisiete años. No queremos convertir este editorial en una homilía, pero es que las cofradías crecen y crecen y la sociedad cada vez se aleja más y más de Dios. Lo dijo Nietzsche en el siglo XIX: «Dios ha muerto». No, Dios no ha muerto, pero lo matamos nosotros cada día y no precisamente con el fundamento del conocimiento, si no con nuestros continuos actos de sinrazón, de pasotismo ante el hambre, las guerras y las desigualdades, lo matamos nosotros al dejar de seguir el ejemplo de Jesús el Nazareno. A nosotros nos gustan las cofradías, los pasos, la música y las flores, una buena «levantá», el siempre de frente y un izquierdo, el trío de capilla y un solo de corneta… Pero, cuidado Sevilla, que todo tiene su medida y sobre todo su razón de ser, a ver si vamos a terminar como los compadres de Núñez de Herrera en Sobre los arenales del Silencio: «Vámonos de aquí, compadre. Resulta que es verdad que Dios se ha muerto».
La opinión
César Cadaval
La última saeta
Jorge Quesada
Eso ya murió
Carmelo Martín Cartaya
Puerta del perdón
Lutgardo García
La muerte de Jesús
Antonio Puente Mayor
Yo te daré buena muerte
Manuel Bayón
Anatomía forense
Álvaro Dávila-Armero
Vive y deja morir
Lorena Muñoz Limón
Qué solos se quedan los muertos
Mariano López Montes
Fray Juan Dobado
Carlos Cabrera
Maldito diario
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Entrevista imposible a Miguel Mañara
Jesús Rodríguez de Moya
El pregón del poeta Juan Sierra
Guillermo Sánchez
El Mirlo Blanco
Fernando Blanco
Lo perdimos para siempre
Enrique Guevara
Una cofradía de «muertos vivientes»
Pablo Mestre











