Número #24
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Quizás los canónigos de 1401 que apostaron por levantar una nueva catedral y apostillaron la célebre frase «fagamos una iglesia tal e tan grande que los que la vieran nos tomen por locos», no imaginaban que aquel colosal templo se convertiría en el epicentro de la Semana Santa sevillana, por la que pasan 60 cofradías, más de 65.000 nazarenos, 123 pasos, miles de costaleros, acólitos, algunos músicos… durante jornadas interminables que en ocasiones han sobrepasado las ocho horas. Números que asustan, y eso sin contar con los cientos de miles de personas que se mueven por las calles y plazas, sorteando cofradías entre vallas y cruces imposibles entre las dos mitades en las que la carrera oficial parte el centro de la ciudad. De tal manera, los cofrades de Sevilla podríamos también acuñar algo así como «hagamos una Semana Santa tal y tan grande, tan desmesurada, cada vez más complicada y aforada, que a los que la consigamos ver entera nos tomen por locos».
Los sevillanos siempre hemos presumido de nuestra catedral: que si es la catedral gótica más grande del mundo, que si fue el mayor templo cristiano hasta la construcción de San Pedro, que si figura en el Libro Guinness de los Récords, que si alberga el retablo mayor más grande de la cristiandad, que si es la más bonita, la que… así podríamos seguir hasta que quieran. Pero lo cierto es que por su historia y por su impresionante patrimonio —y no sólo por su colosal tamaño— es uno de los complejos religiosos más importantes del mundo y el lugar al que acuden la gran mayoría de nuestras cofradías de penitencia, desde que en 1604 así lo dictara el cardenal don Fernando Niño de Guevara. No cabe duda —o al menos no debería de haberla— de que las cofradías salen a la calle para que sus nazarenos hagan estación de penitencia, dando así pública protestación de fe, y la gran mayoría la hacen en la catedral. Pues conozcamos un poco más de nuestra catedral y su relación con las hermandades.
Hay existencias