#27
07/07/2026
La portada
Jaime Rodríguez
Puede parecer contradictorio que una publicación que presume del blanco y negro hable del oro y lo muestre en sus páginas, tanto en la portada como en el interior. Pero ya saben que en Nazarenos no somos nada convencionales. Por eso, en la simple silueta de una corona, el contraluz que se cuela por sus calados invita a imaginar destellos dorados que, más que poseer un valor material o económico, representan el amor y la devoción de todo un pueblo a la Virgen María.
Porque una corona de oro no se forja con dinero, sino con la ofrenda más hermosa de sus hermanos y devotos. Se construye con el esfuerzo silencioso de cada uno de ellos, gota a gota, del mismo modo que el orfebre, golpe a golpe, cincela en el metal las oraciones y los recuerdos de quienes ya no están entre nosotros.
En una corona de oro no existe una cotización que determine su precio por kilogramo. En ella habita un valor sentimental y sagrado, imposible de calcular: el anillo de tu padre, la medalla de tu abuela, aquel brillante que pasó de generación en generación o esa cadena que te acompañó durante años, en los buenos y malos momentos.
Ese oro no resplandece por la nobleza del metal, sino por la luz de aquellos que se fueron. Son ellos quienes, convertidos en miles de estrellas, siguen iluminando desde el cielo una corona que deja de ser únicamente una obra de orfebrería para convertirse en la memoria viva y compartida de todo un pueblo.
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Nos disponemos a que pases un buen rato de lectura en vacaciones con este número de El Oro como tema principal. Ese elemento de la tabla periódica, no es solo símbolo de riqueza, sino también símbolo de Dios, de su gloria, su realeza… Él mismo mandó utilizarlo para crear el Arca de la Alianza (Éxodo 25:11), porque refleja su luz, su pureza, no se mancha, ni se oxida, es símbolo de la eternidad divina. El oro brilla con luz propia y Dios es la luz: «Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12). La Semana Santa resplandece de oro. Doradores, orfebres, bordadores, bolilleros y pintores, que doran pasos; labran potencias y coronas; bordan las prendas de nuestros titulares; y crean auténticos encajes áureos, todo ello para mayor gloria y acercarnos en algo al reflejo de la luz divina de Jesucristo. Veremos el Oro en un recorrido histórico y artístico, y su relación con la Semana Santa hasta la actualidad. Otorgamos medallas de oro a diversas categorías del mundo cofrade, y advertimos de que no es oro todo lo que reluce, ya que a veces nos deslumbra el falso brillo, lo material alejado del amor de Dios. Dice Jesús a Laodicea: «Te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego» (Apocalipsis 3:18), sugiriendo la necesidad de buscar la riqueza espiritual, no la material. Como defensores del Oro en la Semana Santa, analizamos el problema que hay entorno a su precio y la difícil tarea de conseguir materiales relacionados con su trabajo. Un problema que afecta a la mayoría de artesanos y que se une a otros problemas actuales: la masificación, la pérdida de educación y de valores, el mínimo de formación cristiana y sobre todo el problema de espacio/tiempo que tienen las cofradías (modo ironía On), a la hora de cumplir los horarios en la carrera oficial. Que si es justo el reparto, que si no… El tiempo se reparte equitativamente (en función del número de pasos, bandas y nazarenos) entre todas las hermandades, pero no todas las hermandades son iguales. Va a ser verdad que el tiempo es oro, y vamos a necesitar a Einstein y su teoría de la relatividad, la que demuestra que el tiempo es elástico y no es continuo, cosa que ya estaba en las escrituras: «Pero no olviden, queridos hermanos, que para el Señor un día es como mil años y mil años, como un día» (2 Pedro 3:8). La física y la religión van de la mano, Dios no se rige por el mismo tiempo que nosotros, ya lo vimos, es infinito, Dios es eterno, Dios no se oxida.
La Opinión
Antonio Silva
El lugar donde me miró el Señor
Natalia Álvarez Hernández
Seguimos recorriendo España para conocer otras Semanas Santas. Natalia Álvarez nos descubre cómo se vive la de La Orotava, la ciudad del norte de Tenerife en la que procesionan doce cofradías que atesoran un importante patrimonio escultórico.
Carta de un devoto agnóstico
Jean Christophe García-Baquero
Ni pianistas, ni tanatorios
Quique Pedrote
El oro
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Las medallas de oro
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No es oro todo lo que reluce
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