La democracia de los cuchillos
Texto de Carlos Cabrera Díaz
Hubo un tiempo en que el Consejo de Hermandades, esa institución que habita en la calle San Gregorio entre el aspecto de árbitro y el formalismo continuista rancio, ejercía de mediador con capacidad de decidir. Mal o bien, imponía. Pero en los últimos años, bajo el mantra de la autorregulación y el respeto a la autonomía de las corporaciones, han parido un monstruo: el sistema de votación de planes de jornada.
El Domingo de Ramos, la jornada que desviste el sistema de ordenación de la Semana Santa.

A primera vista, suena a democracia celestial. ¿Quién mejor que las propias hermandades para organizar su discurrir?, decían los optimistas. La realidad, sin embargo, ha sido una carnicería de pasillo. El Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla optó hace años por un modelo en el que las propias hermandades negocian, presentan propuestas y, si no hay consenso, votan. Nadie impone desde arriba, nadie dicta un orden inapelable, todo muy moderno, muy dialogante, muy del siglo XXI.
Y, sin embargo, el resultado, al menos en el Domingo de Ramos, no parece haber sido la fraternidad, solidaridad y esa manida frase de la jornada es una sola hermandad, sino una sofisticación del conflicto, que no ha hecho más que empezar. Al dejar la responsabilidad en manos de las propias cofradías, el Consejo no ha fomentado la solidaridad, sino que ha incentivado la creación de bloques, ejes de influencia y pactos de sangre.
El sistema es perverso por diseño. Si presentas tres planes, las hermandades votan. Y aquí es donde entra la matemática del rencor. Las hermandades empiezan a pensar no solo en qué orden es más razonable, sino en qué orden pueden sacar adelante con los apoyos disponibles. No se vota el plan más viable para la ciudad, ni el que garantiza la seguridad del público, ni el que respeta la historia. Se vota el plan que jode menos a los míos y, a ser posible, jode más a los que me estorban. Se habla entonces de acuerdos previos, de conversaciones discretas, de afinidades históricas que se traducen en respaldos coyunturales. No es ilegal, no es inmoral en términos formales, es política cofrade. Pero tiene un efecto colateral, quien pierde no siente que haya perdido ante un criterio justo, sino ante una coalición. Y eso duele más (…)
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Número #26
La cita del Domingo de Ramos no tiene necesidad de ser defendida, no necesita abogado ni community manager. Se abre sola, como se abren las puertas de los templos, convirtiendo el murmullo en expectación. Es el día de la luz total, cuando inauguramos la maravillosa esquizofrenia que es nuestra Semana Santa. Es el momento del estreno: los niños estrenan su primer canasto, los nazarenos su túnica planchada con obsesión casi litúrgica y todos nosotros esa mezcla de nervios y vanidad que nos identifica. Porque el Domingo de Ramos es radicalmente bello. Y aun así, cada año ha de superar algún examen público: que si hay demasiadas hermandades, que si la carrera oficial es injusta, que se ha perdido la esencia o que ahora todo es un espectáculo. Curioso, el día que abre la Semana más esperada, abrimos también la temporada oficial de la crítica.
Somos cofrades de procesión y de tertulia. Capaces de medir un tiempo al milímetro o un repertorio al segundo, pero incapaces de admitir que la grandeza del día no depende de nuestro veredicto. Porque este día camina entre el estreno de la ilusión y el juicio sumarísimo. Entre la ovación y el comentario ácido. Y, pese a todo, avanza. Avanza con esa luz limpia que convierte cualquier esquina en postal y cada chicotá en recuerdo imborrable.
El Domingo de Ramos es exceso, sí. Exceso de público, de ilusión, de ganas contenidas. Pero también es equilibrio. Es la frontera exacta entre la espera y la realidad. El momento en que dejamos de hablar de lo que vendrá para empezar a vivir lo que es. Quizá el problema no sea que la Semana Santa cambie; quizá es que no soportamos que sea hermosa sin pedirnos permiso o que siga emocionando aunque no responda a nuestros esquemas de pureza.
Este pórtico no necesita unanimidad, necesita verdad. Y la verdad es que, cuando la primera cruz de guía asoma y el barrio se calla antes del aplauso, todo encaja.
Hay existencias

















