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Frikis, trekkies, geeks y vencejos

Frikis, trekkies, geeks y vencejos

Texto de Manuel Gómez Herrera

La ilusión del Domingo de Ramos Fotografía de Jaime Rodríguez

Resulta que el 25 de Mayo es el día del Orgullo Friki. Los seguidores de Marvel, los del universo Star Wars, los Trekkies, y resto de ciudadanos de los respectivos mundos idealizados, celebran su pertenencia a los diferentes reinos y el culto a las varitas de Sauco y las orejas de Elrond. Ese mismo día, en una galaxia lejana, muy lejana, otros frikis estarán analizando el nivel musical de la agrupación que ha llevado Don Bosco de Triana, quitando cadenetas de papel de barandas de pisos turísticos, o escribiendo en los grupos de WhatsApp de la cuadrilla sobre lo poco que le gusta al capataz el costal de doble trama. 

En torno a  las cofradías también tenemos nuestro mundo ficticio. Un universo morado y cada vez más telemático con sus propias reglas, y no me refiero a las que se besan el día de la Función. El nuestro, es un lugar donde al publicarse una foto del cambio de atavío de una Virgen, el vestidor de turno, se pasa la noche en vela esperando que sus haters no observen que la coca izquierda está dos milímetros más baja que la derecha, y que ardan los foros de las vestimentas pidiendo que rueden cabezas. 

En nuestro mundo tenemos, además, a los especializados en las peleas entre miembros de bandas y los rumores cuñadísimos de cambio de acompañamiento en los pasos. Los que se indignan porque no se tocan más veces las marchas fúnebres de López Juarranz. Los que se afilian a un capataz y se convierten en sus fieles escuderos e incluso  personal gratuito de mudanza. Tenemos un «Club de las velas dobladas», que se altera cuando el prioste no le da la simetría perfecta a los candeleros del plan de altar. Contamos con los opinadores del Foro Cofrade que piensan que los miembros de junta están pendientes de su intervenciones para llevarlas a cabildo. Los píos censores de las fotos fuera de lugar, sobre todo las de nazarenos comiéndose su bocadillo. Los escrutadores de las «Fe de errata» de las redes sociales de las hermandades. Los crono-medidores de recorridos. Los amantes de la flor cortada en bouquets que crean tendencias. Los especialistas en artesanía cofrade, y en especial del bordado, que saben de hondas y medios setillos más que señoras que llevan toda la vida tejiendo. Los partidarios de los diseñadores de moda, los enganchados a la información cofrade que no entienden cómo la hermandad tarda un día en publicar el horario de una misa. Los entendidos en políticas internas, los que llevan de ruán hasta el forro de las americanas y miran con desdén a los folklóricos de capa. Tenemos un micro mundo de sabios, expertos, indignados a lo 15M y asesores en redes sociales tras perfiles y nicks moldeados con esmero, para hacer un dardo de cada uno de los 280 caracteres que te deja la red social que copia el símbolo de San Andrés.

En nuestro mundo tenemos votaciones sobre qué paso es el que anda mejor, hacemos lista de cuarenta principales de las novedades musicales de la Cuaresma. Tenemos influencers, que si dicen que las plumas de los romanos hay que quitarlas, el año que viene se acaban las existencias de escobones para los cascos. Tenemos competiciones inter provinciales, como por ejemplo propugnan en un animoso programa de Jerez que lidera la lucha por la capitalidad cofrade. En definitiva, un sin fin de ramificaciones teledirigidas desde la luna de los estudios de El Show de Truman, por un gran hermano a lo Cecop, donde traman y urden políticos y analistas, que monitorizan esta burbuja del ocio sacro, para el gozo y disfrute de sus moradores y votantes.

Pero más allá de la cúpula de hierro, donde se acaba el decorado, sigue estando el pueblo. La mayoría ciudadana de la Sevilla de verdad, más cofrade incluso que los frikis morados, pero cada vez más alejada de ésta urbe ficticia de aficionados. 

La grey que no entiende tantas cosas. Que no comprende de nuevas hermandades de glorias renacidas, que por cobrar los tresmilquinién ya tienen para pagar la banda de música y cortar el casco antiguo a ocho turnos extras de Policía, eso sí, a cuenta de José Luís. El pueblo que no concibe los forillos teatreros de pancartas y farolillos en calles del centro sin habitantes, los ensayos solidarios con músicos tocando en pantalón vaquero, o los rosarios vespertinos con seis parejas de cirios. 

Al pueblo no le entra en la cabeza que una Cruz de Mayo no sea aquella hecha con un palé de cuatro patas y un niño detrás llevando el cassette. No entiende porque le han quitado la ilusión de ver el primer nazareno. No transige con la idea de no poder tomarse una cerveza viendo pasar la Hiniesta o la Lanzada, con toda la Alameda llena de globos de Bob Esponja con las patas al viento. La ciudadanía se está hartando de los cansinos del mundo ficticio cofrade. 

No se les toma en cuenta, y no paran de advertir, que sin ellos, la piedad popular, ni es piedad, ni es popular. 

Si salieran de la burbuja, los friki cofrades, verían como en los barrios cada vez más, conviven otras culturas. Que de los bloques salen menos nazarenos. Que cuando se reforma un bar, lo primero que se hace es tirar el cuadro de agradecimiento con el rostro del Cristo. Si miráramos más allá, comprobaríamos el hartazgo de la sociedad con las cosas del micro mundo. 

La Semana Santa va a morir de éxito, como lo han hecho las coronaciones, cuya cuenta ya se ha perdido. Que cada vez quedan menos madres en los polígonos que hagan bacalao con tomate los viernes de marzo y que a lo mejor, esas «piratas» periféricas sean más del gusto de la vecindad, porque como salen un día y se recogen hasta el año siguiente molestan menos que las que ya empiezan a colapsar con tanta exposición diaria.

Cada vez somos más los cofrades al otro lado de la puerta. Los apenados por dejar de  emocionarnos al ver tras el postiguillo, y en la penumbra de un templo, el armazón de hierro de una parihuela postrera. Los que podemos contar a nuestros hijos que el pecho nos palpitaba al ver el primer nazareno. Los que no consumíamos tantos pasos ni procesiones, como horas de víspera y sueños.Todas las modas pasan, todo lo superficial se muere en la cuneta. Amigos aficionados, déjennos disfrutar de los tiempos, que hasta los vencejos se están hartando de tanto perder la cuenta. El ocho de diciembre es el día de la Inmaculada Concepción de María. El alba de San Lorenzo, las primeras luces de la calle Feria, los dolores de un viernes por la calle Castilla, el cimbreo del puente al bote de los dragones, deberían guardarse para esa semana de Dios que ha podido con guerras y pandemias, pero veremos a ver si aguanta el pulso de los actuales frikis de las cofradías. Parece que los capillitas de antes éramos más consecuentes con la espera y que solo éramos unos geeks de las emociones del reencuentro.