La ciudad de los… excesos
Texto de Dani Jiménez
Ruego se me permita en el arranque de este magno 2024 plagiar parcialmente el título de una de mis novelas preferidas: La Ciudad de los Prodigios, de Eduardo Mendoza, donde en 1986 el célebre autor barcelonés recrea el desarrollo de la ciudad condal en el espacio entre las exposiciones universales de 1888 y 1929. La adaptación del título de tan celebrada obra literaria tampoco es fruto de mi imaginación ni creación, sino que corresponde a unas declaraciones realizadas por nuestro alcalde en una entrevista a Diario de Sevilla donde aseguraba que «me ha tocado gobernar la ciudad de los excesos».
Nadie podrá negar la afirmación realizada por el rector de nuestro ayuntamiento, aunque debiera también recordarse que este flujo de acontecimientos no es novedoso ni ha surgido inesperadamente en su mandato, sino que era consciente de toda esta desmesura que rodea a la ciudad (ya existía y se fraguaba durante su larga y fructuosa campaña electoral).
Por supuesto que hay excesos: estas pasadas Navidades se confirmó lo que alertamos en un artículo anterior, el aluvión de Carteros Reales con su correspondiente hastío, desorden, desorientación y gasto de recursos, repitiendo zonas y actos donde incluso el porcentaje de población infantil oscila entre bajo o inexistente. La desmedida en el control de estos Carteros Reales se visualizó en el novedoso desfile por el barrio de los Remedios, donde se anunció a bombo y platillos la presencia de ¡más de 1000 beduinos! También ese barrio tuvo protagonismo con una insólita «Despedida de Baltasar» realizada el 7 de enero por la banda de las Cigarreras, como postre a la millonaria difusión del paso de la Cabalgata de Reyes del Ateneo por la calle Asunción, en el balcón con el que Pepe Pinreles provocó la admiración, e incluso la envidia, del resto de España. Muchos creen que la falta de Carnaval en Sevilla es una de las razones de ese inusitado interés surgido en la última década por el ciudadano local para disfrazarse y cantar en un desfile festivo donde los niños y la presencia infantil ni están ni se les espera. No sería justo olvidar que otras corporaciones prefieren hacer eventos internos, con Carteros en las casas de hermandad, con menos difusión mediática y sí dirigidos al colectivo adecuado. Han quedado casi desterradas las recogidas de alimentos y operaciones carretilla, sustituidas por los ya citados Carteros Reales y por los ensayos solidarios de costaleros, como clara muestra de que las preferencias han cambiado.
En esta sociedad de la desmedida, la importancia la absorbe la inmediatez, la primicia, la sobreexposición pública y privada de todos nuestros movimientos y también el consumismo gratuito, el estar por estar. Esto se ha palpado en las estampas de calles colapsadas por el alumbrado navideño de un modo casi borreguil o las gradas vacías en el Navigalia, donde los ciudadanos reservaban varias plazas en diferentes días a expensas de garantizar su presencia, mientras que los menos afortunados tenían que agujerear los paneles para poder degustar el novedoso y recuperado mapping. Ahora se pone la lupa en el ocho de diciembre de 2024: la celebración de la MegaMagna (Copyright Paco García, programa Cruz de Guía) pondrá en jaque todos los discutidos recursos de la ciudad, y planteará una modificación en la iluminación de las calles centrales, en los actos de dichos días, o incluso en el recorrido oficial de la procesión de clausura del Congreso, porque para excesos, los de llevar los pasos por el Paseo Colón -opinión mía personal y creo que poco compartida-, como se barrunta.
Por supuesto que hay excesos. Y en una fiesta tan barroquizada como es la Semana Santa muchos más. Exceso de actos externos (viacrucis, rosarios, traslados, procesiones, Corpus, ensayos), excesos de actos internos (conciertos, presentación de portadas de boletines de corporaciones con 80 hermanos, pregones, exaltaciones y homenajes), de coronaciones, concesiones de medallas y salidas extraordinarias, de magnas provinciales, de congresos de costaleros, de cruces de mayo con costaleros barbudos y capataces calvos, y de estrenos de casullas francesas. Pero es que posiblemente siempre los hubo. Tal vez lo que nunca hubo en la historia fue tanta difusión mediática, probablemente producto de la era del click que vivimos. Lo que nunca hubo fue convertir en noticia de portada los minutos que el palio del Silencio tarda en cruzar la Campana o los pronósticos meteorológicos a cien días del Domingo de Ramos. No obstante, ni siquiera esta apuesta web de la revista Nazarenos está muy lejos de dicho modelo estratégico.
En Sevilla hemos vivido el exceso de mundiales, exposiciones universales, visitas del Papa, bodas reales, beatificaciones procesionales y han sobrevivido sus fiestas populares casi indemnes. Ahora, miles de cuentas en redes sociales, podcats, programas de radio/Tv online y crónicas periodísticas retransmiten de modo instantáneo cualquier evento de índole cofradiera, suscitando multitud de interacciones e impactos y multiplicando el efecto y la, en ocasiones, escasa importancia de hechos que en condicionales normales pasarían inadvertidos. Esta Navidad vimos con estupor cómo una hermandad gaditana anunció a bombo y platillo la visita de un influencer cofrade de redes sociales, cuyo interés real es ciertamente nulo, pero tuvo una repercusión exagerada por todas las partes implicadas.
El exceso es tan real, como injusto señalar culpables únicos. Desde muchos medios existe una obsesión por enfocar esta sobreabundancia de eventos cofrades. Posiblemente sea porque la nueva generación de cofrades la ven más como hobby que de un modo religioso, lo que se traduce en consumismo exacerbado. No olvidemos que los principales periódicos fueron los creadores de las columnas semanales dominicales de actualidad cofradiera, incluso en los tediosos meses veraniegos, sacando contenido de donde no lo había. También ocurrió con los habituales programas radiofónicos que se emitían sólo en Cuaresma y pasaron a retransmitirse durante todo el año. Lo mismo podríamos decirse de la televisión. El huevo y la gallina. O la mano que (nos) da de comer. No olviden enlazar y compartir este artículo, por favor.
