Urge convivir y «conbeber»
Texto de Manuel Gómez Herrera
Avanza la saturada Cuaresma de 2024. Este año vuelve a ser bisiesto… como en el inicio de la pandemia -2020- y como otro año de macabro recuerdo. Si queda alguien a quien siga interesando esto, dentro unos años, quizá los investigadores den por buena la fecha del 21 de abril del año 2000 como el final de una época. El adiós a la Semana Santa de la bulla que se movía uniforme como una marea, o la de las pandillas que hacían hileras cogidas de la mano, la de los zaguanes donde se ofrecía un bocadillo de salchicha y una lata por doscientas dignas pesetas. La Semana Santa pop, de sentido popular, donde los niños de los barrios se encaramaban, a altas horas de la madrugada, en las rejas del Ayuntamiento, para escuchar por dos veces Amarguras en el andén de una estación de la que ya hace tiempo partió el último tren.
Antes de que se rompiera el amor, se convivía entre blazers azules con humildes escudos pegados en la solapa en una calle desbordada para oír cantar a unas monjas. No creo que nadie hiciera tiempo para escuchar a Patón, ni que se hiciera el silencio por el Gath Shemânîm de la época. Y ojo, que quitando las leyendas de nazarenos en la Gavidia que con su mera presencia acallaban la música bacalao de los coches de los macarras, aquí un Lunes Santo del año 1990, el por aquel entonces emblemático ABC no puso en portada la acuarela del Cristo de las Penas, sino una foto de agradecimiento a la guardia civil, que había interceptado a diez kilómetros de la capital a un francés nacido en Argel que llevaba el maletero hundido con los 320 kilos de amonal preparados para hacer una carnicería terrorista en el centro de Sevilla.
La seguridad en la Semana Santa dicen que nació aquella Madrugá de 2000 en la calle Cristo de la Vera Cruz, por la rotura de una tubería de gas que, en realidad, nunca aconteció. La imagen icónica de la new age es la de aquel pobre nazareno de los Gitanos que nunca soltó el guión sacramental y que deambulaba perdido en el campo de batalla del Duque, preguntándose quién había atacado el castillo al que considerábamos de piedra de Gerena, pero resultó ser de un cristal tan frágil que la sola corriente de un mal viento lo hizo trizas.
Desde esa noche, acción – reacción. Contra el miedo, el estado responde, pero, la tabla rasa se instala y el paso de los Javieres por la calle Doctor Letamendi se convierte en igual de peligroso que el de la Esperanza por Reyes Católicos. Las unidades UIP te están esperando con la amabilidad castellana, tanto en la calle Parras el Viernes por la mañana, como en Almirante Topete delante de las Mercedes. La ciudad tomada por una semana. Riesgo. Planes. Emergencia. Evacuación. Luces leds. Cecop. Peligros. Puntos negros.
Ya no anuncia la Semana Santa el cartelón de capirotes de la Puerta Carmona: ahora el anuncio del gozo son los operarios colocando señales provisionales de enorme contaminación visual -eso sí, con el fondo morado penitencial- donde hay muñequitos sentados en una sillita y con un aspa roja censurándolos; avisos a motoristas por la cera en el firme, prohibiciones de estacionamiento por paso de cofradías, y hasta el cartel oficial del Plan Anual de Semana Santa con su montaje y todo, donde se adivinan capirotes, para que la ciudadanía sepa que no solo está el Alcalde saludando de balcón a balcón delante de la Hiniesta, sino que vela por todas sus criaturitas.
La Semana de Pasión ya no es la de los silleros con su maletín abierto arrendando las últimas sillas, ni la de los puestos de algodón instalándose en la Encarnación. Ahora el preludio de la fiesta es un binomio de policías locales, carpeta en mano, llegando a los bares para decirles a los hosteleros que se impone la ley seca. Hace escasos días se anunciaba que las promesas de José Luiz Sanz, cerveza en mano en los veladores de Casa Coronado en su larga campaña electoral, se quedarían en buenas intenciones. Se repetirá el modelo restrictivo de años anteriores.
Los bares son la punta de lanza de los planes de protección del pueblo. Una hora antes de que la cofradía del Polígono pase por la antigua calle Oriente (ay Pascual…), las puertas cerradas hasta la Puerta Carmona. Y ¡oigan!, hasta que el palio de la duartiana Virgen del Rosario no esté llegando a la Alfalfa, ni se les ocurra poner un café en un velador, que la línea verde está alerta ante los imprudentes que osen saltarse la norma.
La histeria es ahora la nueva historia. Ya ni le cuento la sanción que nos puede caer a los que tenemos la perseguida memoria de habernos tomado un Fanta en la esquina de la calle San Felipe, viendo llegar la, antaño elegante, cruz de guía de caoba de aquella hermandad del Rocío (lo de la Redención vino después). Ahora, los que pretendan tomarse un tanque con sus amigos, con su familia, viendo pasar la cofradía, son unos auténticos inconscientes según la administración, denunciables por las viejas de visillo que son las redes sociales, y prototipos de vándalos que van a arrojar el vaso de cerveza sobre el paso, atávica costumbre de la ciudad como aquella infundada leyenda macarena.
Los ojos que nos ven -recordando aquel programa de política local con el gran Lolo Silva- no van a leer este artículo. Los ojos que nos ven no saben de los dos minutos menos por nazareno que el gran Dani Jiménez ha calculado para arreglar el día. Ni siquiera han caído por un momento en la cuenta de que en esta época, los pasos andan mejor, las bandas suenan como nunca, los vestidores y floristas están en su plenitud (quizá estemos viviendo una era de esplendores). Los ojos que nos ven son los propios de la mayoría de la ciudad, esa que nos deja a los cofrades desplegar nuestras pasiones, mientras ellos, más fieles que nadie, sin saber siquiera cómo se llama el santo, solo saben que con su padre, con aquella niña que le gustaba, con el vecino de su barrio, con la pandilla del instituto, aquel día, en aquel bar de aquella esquina, y viendo pasar aquel palio, se forjó la mejor relación con la Semana Santa que nadie pueda describir, la de las pequeñas costumbres, que son los mejores recuerdos.
Señor Alcalde, no ahogue nuestra memoria, y volvamos a convivir, conrezando, y… «conbebiendo».
