Un paquete turístico cofrade
Texto de Francisco Huesa Andrade
Aunque en determinados sectores duela, las hermandades van a la vanguardia en muchas cuestiones de la ciudad. Se adelantan al resto de la sociedad, a las instituciones públicas y a las asociaciones para poner el foco allá donde habita el olvido. Las Misiones del Gran Poder son (y hablo en presente porque la labor continúa) una prueba de ello. El Señor hizo visibles lugares borrados del mapa de la urbe, emprendiendo una importante obra de caridad que nadie hacía. No es el único ejemplo.
Otras veces llegan tarde o, simplemente, no perciben el problema hasta que han sido arrasadas como por un tsunami. Si nos trasladásemos al pasado, concretamente al lunes 13 de abril de 1987, leeríamos como un conocido diario local abría en portada con la noticia de la salida de mujeres nazarenas en la Vera Cruz. El hito, que tardó años en extenderse al resto de hermandades (hubo juntas de gobierno que mostraron al respecto una resistencia numantina), supuso un cambio de paradigma que no ha encajado bien en la logística de las cofradías. Y no porque las mujeres no hayan sido aceptadas con normalidad en el cuerpo de nazarenos (era justo y necesario), ni porque no fuera una reivindicación cabal, sino porque no se calculó la progresión que apuntaba a multiplicar por dos el número de cirios. Sin previsión, las hermandades no se han preparado para dar respuesta a cortejos de más de dos mil personas, generando en Semana Santa situaciones surrealistas que no nos toca recordar aquí. A falta de soluciones reales, de momento seguimos empecinados en discutir conteos y tiempos de paso cuando, en realidad, es una cuestión de espacio. Porque, si medimos, es evidente que no se cabe.
Hay hoy en el ambiente otro debate no muy bien digerido en las hermandades (especialmente por las del casco antiguo) que, por apremiante, urge poner sobre la mesa: la turistificación y la gentrificación. Estas dos palabras, tan repetidas como malsonantes, significan sencillamente que el turismo se está comiendo a Sevilla. Áreas del Centro, Triana o San Bernardo se han vaciado de vecinos, los pisos turísticos se han multiplicado como los pestiños en Cuaresma y la población de antiguas zonas populares como el Arenal, la Alameda o Santa Cruz (despobladas inicialmente en los sesenta y setenta, tampoco lo olvidemos) ha sido desplazada por turbas de visitantes untados en protector solar factor cincuenta. El sueño machadiano de una Sevilla sin sevillanos se ha tornado en pesadilla. Hay quien lo llama el primer motor económico de Andalucía. Otros lo denominan crimen contra el patrimonio y la ciudadanía.
Para bien o para mal, es incuestionable que el corazón de la vieja Híspalis se ha trasfigurado en un parque temático, un escenario para el turista donde se suceden franquicias, actuaciones callejeras y restaurantes con camareros de luto riguroso. Cuesta pasear por la Avenida, la calle Sierpes o la plaza de la Encarnación sin toparse con una legión de guiris equipados con bermudas y sneakers fluorescentes (en sevillano, botines fosforitos). Invaden los bares, que se pliegan a los gustos de un capital menos fiel pero de mayor poder adquisitivo. Colapsan espacios públicos por donde pululan influencers filmando reels (traducido al idioma local, «papafritas» grabando «chuflerías»). Consumen nuestros monumentos más rimbombantes con entusiasmada indiferencia. Celebran despedidas de soltero en pisos de alquiler Airbnb reformados con aséptica pulcritud. En definitiva, alquilan Sevilla como una experiencia prefabricada de tres días y dos noches. Todo por el bien común del impacto económico. Todo por un módico precio.
Ese precio lo pagamos los vecinos. Nuestra relación con el casco antiguo de la ciudad ha cambiado. Se ha vuelto impersonal, distante. La Catedral, el Alcázar o el Salvador son para el sevillano unos decorados, unos bunkers ocupados e inaccesibles. Ya no nos dejan caminar en silencio entre los misteriosos palacios mudéjares del Alcázar, ni podemos buscar la aceptación en los ojos entreabiertos de la Cieguecita. Se ha acabado el orar a los pies de Cristo vencido por el peso del Amor (al menos en horario de visitas) y, dentro de poco, tampoco volveremos a ser remeros en la Plaza de España. La única opción que nos queda, carnet de identidad en mano para no pagar, es disfrazarnos de extranjeros en nuestra propia casa. Y hocicaremos. Como hemos hocicado con las reservas en las mesas de antiguas tabernas (ahora gastrobares) que nos obligan a digerir raciones que no llenan el plato. El tapeo, la barra y la improvisación murieron al salir de una pandemia que no nos ha hecho precisamente mejores.
Los hijos de la vieja Híspalis no se reconocen ya en elementos y lugares que antes compartían y que ahora les son ajenos. Eso afecta indudablemente a las hermandades. ¿Cómo crear vínculos con nuevos hermanos cuando el sevillano común sólo pisa las iglesias del centro una vez al año? Máxime cuando la mayoría de los templos no abre durante el día por falta de fieles. ¿Cómo generar devotos cuando no hay vecinos en la feligresía? No puede negarse que las redes sociales y los medios de comunicación tienen mucha influencia en el orbe morado pero, ¿será eso suficiente para sostener un reemplazo generacional en hermandades que están a casi una hora de los principales núcleos residenciales?
La Semana Santa está notando este desapego en su transitar. La intimidad de las calles estrechas, las revirás lentas entre paredes encaladas están siendo reemplazadas por rectos espacios abiertos donde el público, que ya no sabe callejear, se apoltrona cómodamente a esperar a unos pasos que estrenarán allí sus mejores marchas (como San Gonzalo en la Magdalena). Lo hizo el Baratillo cambiando Almansa por Reyes Católicos, lo ha hecho la Cena renunciando a la esquina de Gerona con Doña María Coronel y lo hará la Macarena atravesando la Alameda. Y en breve se proclamará el éxito del «pasódromo» del ocho de diciembre en el Paseo de Colón para un cambio en la carrera oficial. Las avenidas han llegado para quedarse.
Con todo, el reto lo tienen las hermandades de puertas para adentro. La salida procesional es un punto de confluencia, una de las pocas cosas que sigue ligando al sevillano con todo lo que fue, es y será, con su ciudad. En el Arzobispado y en el Consejo de Hermandades, donde no paran de insistir en la formación, están al corriente de la mayor: las cofradías viven un momento de auge en número de hermanos y nazarenos, pero la vida de hermandad es cada vez más exigua. Cuesta trabajo encontrar voluntarios para los actos y cultos programados, desde funciones principales de instituto a convivencias para jóvenes. El engarce del cofrade con sus imágenes se establece, además de por herencia, por Internet. Los vídeos de YouTube, los perfiles de Instagram y los programas locales de radiotelevisión son los canales que acercan a los Cristos y Vírgenes a los «proyectos» de hermanos, que difícilmente saben localizar su templo (no digamos ya la casa hermandad). Se ha perdido relación personal diaria con los titulares.
Es normal. Son muchas las dificultades físicas que se le plantean a un hermano de a pie para acudir a la iglesia de su cofradía. La distancia, el aparcamiento, el transporte público, el déficit de infraestructuras y la amplia oferta de ocio alternativa que colapsa la Sevilla intramuros han convertido la visita al casco antiguo en una aventura demencial. El sevillano no sólo ha sido exiliado del Centro, ha sido expulsado de él. Porque el Centro es propiedad del turismo. Y si no lo remedian, aunque suene a exageración, las hermandades que en él habitan muy pronto lo serán también. Acabarán gentrificadas, vendiendo paquetes de Semana Santa que incluyan al turista una salida procesional, el alquiler de una túnica y la papeleta de sitio en un lugar privilegiado de la cofradía.
Esto último todavía es una ficción. Hay tiempo de remediarlo. Misiones como la del Gran Poder demuestran que hay que llevar a las hermandades del centro a los barrios. No se puede prorrogar más. Quedarse esperando a que los sevillanos acudan sin más a las sedes canónicas es firmar una sentencia de muerte, es colaborar para que la distopía de la turistificación cofrade se erija irremediablemente en realidad.
