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Una Semana Santa muy especial

Una Semana Santa muy especial

Texto de Nacho Guisado

«La Virgen de la Presentación» Fotografía de Jaime Rodríguez

Recuerdo con más claridad algunos momentos de la Semana Santa deslucidos por la lluvia que aquellos en los que brillaba el sol con fuerza y el termómetro marcaba temperaturas más afines a los meses de verano. Por ejemplo, aquella Semana Santa de 2003 en la que la primera cofradía que cruzó la plaza de la Campana fue la Bofetá. El Domingo, Lunes y Martes no tuvimos cofradías y solamente al final de la tercera jornada, la cruz de guía de la última en hacer estación pudo ponerse en la calle. También recuerdo ese trienio para olvidar de Martes Santos, entre 2011 y 2013, en los que el mal tiempo nos dejó sin cofradías. La nefasta Semana Santa de 2011 que, salvo el Domingo, tuvo problemas por la climatología en todas las jornadas y en la que el último paso que hizo la carrera oficial fue el de la Virgen de Regla de los Panaderos en la noche del Miércoles Santo. Más recientemente, vivimos el Jueves Santo de 2019 con esa espectacular tromba de granizo que se cargó la mitad de la jornada.

No quiero extenderme más recordando momentos cofrades rotos por la lluvia, pero es verdad que algunos de ellos los recuerdo con cierto cariño. Me explico. A ningún cofrade le gusta que llueva en Semana Santa, mucho menos el día que sale su cofradía, pero lo que hace años me tomaba bastante mal y aceptaba a regañadientes, desde hace poco lo voy encajando de otra manera mucho más natural. Y es por aquello de darme cuenta, con el tiempo, de que la Semana Santa para un cofrade es todo el año. El vivir las hermandades, participar de ellas, ya sea en la propia hermandad, en las numerosas tertulias cofrades que cualquier fin de semana se reúnen, en las bandas de música, las cuadrillas de costaleros…

La Semana Santa, como tal, es el culmen a todo un año de experiencias, en definitiva, todo un año de vida en cofrade. Cuando llegan los días señalados en el calendario y llueve a nadie le gusta. Es lógico. Pero es en esos días cuando quizás uno tenga que pararse a pensar y valorar qué es lo que ha hecho por su hermandad y si ha disfrutado de ella durante el año. Es momento de vivir esa otra Semana Santa. La única que nos queda esos días. Recordar momentos vividos, valorarlos, preguntarse si se es feliz, disfrutar de la familia, los amigos y empezar a pensar en el año que viene. Es normal que a chavales de quince años les cueste un poco más asimilar esto, pero son leyes naturales. No he perdido ni un atisbo de ilusión cuando se va acercando la semana mayor en comparación a cuando tenía esa edad. Pero es cierto que me lo tomo de otra forma y todo me afecta de manera distinta, para lo bueno y para lo malo. 

Esta Semana Santa de 2024 ha sido la primera vez que me he quedado sin hacer estación de penitencia en las dos cofradías con las que la suelo hacer habitualmente. El Domingo de Ramos en la Amargura, como «aguaó» del paso de palio, y en la Madrugá, como costalero de Ntra. Sra. de la Presentación. Además, en esta última, me estrenaba bajo las trabajaderas. En las dos pasé momentos muy emotivos. En la Amargura, además, se daba la circunstancia de que mi esposa se vestía por primera vez de nazarena, con mi túnica, para acompañar a nuestros titulares. Tuve la suerte de que cuando el hermano mayor, Aníbal Tobaruela, comunicaba a los hermanos la decisión de no salir (algo que nunca mencionó, pero que tampoco hizo falta) yo me encontraba justo a su lado y no pude evitar cruzarme la mirada con él en un par de ocasiones. Nos había acompañado en todos los ensayos, toda la Cuaresma y era su primera salida como hermano mayor. Fue duro, pero a la vez íntimo y emocionante. La alegría desbordante de un Domingo de Ramos soleado fue sustituida por la nostalgia y la pasión contenida del momento en el que nos encontrábamos. Creo que los que estábamos allí nos sentimos en ese momento más cofrades de la Amargura que nunca, acompañando a nuestro hermano mayor en esos difíciles momentos. 

En el Calvario, los hermanos costaleros tuvimos la gran suerte de rezar el vía crucis interno que realizó la hermandad en las naves del templo rodeando a los pasos de nuestros titulares. Ejemplarizante el comportamiento de los hermanos nazarenos, manteniendo el orden y la compostura que una cofradía de ese calibre requiere en momentos así. No pudo ser y espero tener mucha salud en estos próximos años para poder completar el recorrido de la cofradía bajo las trabajaderas de nuestra Madre. Para mí, ya fue un regalo el que se me diera la oportunidad de formar parte de esa excepcional cuadrilla de costaleros que son como una familia. Las noches de ensayos y convivencia son ya momentos inolvidables. Faltó la guinda de la salida procesional, pero disfruté de muchos momentos como el retranqueo del paso, la mudá y la desarmá. 

La verdad es que esta última Semana Santa ha sido muy valiosa para mi, sentimentalmente hablando. Ha sido también la primera vez que mi esposa se vestía de nazarena de San Benito sin la compañía de su padre que nos había dejado el verano pasado. Un amigo mío, cofrade y muy conocido, perdía a su pareja tras una dolorosa enfermedad. Por eso, cuando alguien me dice que este año no ha habido Semana Santa, o que parece que no la ha habido, siempre respondo lo mismo: para mi sí. He vivido y he acudido a la mayoría de cultos de las hermandades a las que pertenezco. He disfrutado de los ensayos de costalero, de los retranqueos, de las tertulias cofrades con mis amigos, he tenido momentos muy emotivos vistiendo a mi esposa de nazarena, abrazando a mi amigo cuando nos decían que este año no íbamos a salir, siendo acompañado por mis padres dirección al templo el día de la salida… Si eso no es la Semana Santa, entonces ¿qué lo es?.

Aunque cada año parezca igual, siempre es distinto. A veces, al llegar los días concretos, por causas climatológicas no se puede salir a la calle. Pero yo agradezco el poder seguir viviendo esos momentos, aunque llueva. Si todas las cofradías salieran a la calle en días perfectamente soleados, luciéndose admirablemente, pero la desposeyéramos de todo el valor humano que hay detrás, los sentimientos, los recuerdos, la vivencia de todo un año, para solo quedarnos en la salida penitencial ¿Seguiríamos hablando de Semana Santa? Estoy seguro de que no. Sería otra cosa, pero no nuestra Semana Santa.